Capítulo 2

Resumen:

          En este capítulo Pablo sigue el mismo tema: la grandeza del poder de Dios. "El objeto de los últimos cuatro versículos (del cap. 1) es describir el dominio de Cristo: (1) Su resurrección; (2) Su exal­tación a la diestra de Dios; (3) Su do­minio supremo; (4) Su autoridad, como cabeza de la iglesia, Su cuerpo, que se llena con la plenitud de Cristo" (Johnson).

          Este poder fue demostrado cuando Dios resucitó a Cristo para sentarle a su diestra e igualmente se demuestra al le­vantar a los efesios muertos en delitos y pecados, y sigue obrando en unificar a to­dos los conversos, judíos y gentiles, en un mismo cuerpo.

          La condición espiritual de los gentiles antes de su conversión se describe en los ver. 1-3. Luego se compara su conversión a una resurrección de los muertos para tener nueva vida y para ser exaltados ("nos hizo sentar en los lugares celes­tiales"), 2:4-7. En 2:8-10 se enseña que esta salvación no es de invención humana, sino que es producto de la gracia de Dios.

          El resto del capítulo explica los grandes privilegios de los cristianos gen­tiles; pre­senta un contraste entre su vida incon­versa y su presente estado en Cristo (2:11-12).

          2:1 -- "muertos", 2:5; 5:14; Mat. 8:22; Juan 5:25, el "muerto" está "destituido de una vida que reconoce a Dios o es devota a El, porque está entregado a transgre­siones y pecados; inactivo con respecto a hacer lo correcto" (Thayer). Completa­mente entregados a las prácticas de la idolatría, estaban muertos, separados de Dios (2:12), y se requería gran poder para resucitarles y darles vida espiritual, pero el evangelio "es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primera­mente, y también al griego (gentil)" (Rom. 1:16).

          Como el difunto es insensible a lo que sucede en el mundo ("debajo del sol", Ecles. 9:10,11), así el que se entrega a los "delitos y pecados" es insensible a Dios y a "todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad" que "nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y ex­celencia" (2 Ped. 1:3). Los muertos no pueden ver ninguna belleza en Cristo.

          Pero no nacieron muertos. La muerte significa "separación", y con respecto a la separación de los israelitas de Dios, dice Isa. 59:1,2, "vuestras iniquidades han he­cho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír". "El pecado es infracción de la ley" (1 Juan 3:4). "Estabais muertos" porque "anduvisteis en vuestros delitos y pecados" (2:2). Pablo dice "vuestros delitos y pecados". No dice que los efesios estaban muertos por causa del pecado de Adán, o por causa del pecado de sus padres.

          Los efesios no heredaron el pecado de nadie, sino que ellos mismos cometieron pecado. Así también nosotros y todos los hombres.

          Los vers. 2 y 3 explican claramente el significado de la muerte espiritual. Los que están muertos en pecado son los que andan en pecados; viven en pecado, ha­ciendo las cosas de la carne.

          -- "delitos", caída, desviación de la ver­dad y rectitud; pecado, maldad. En Gál. 6:1 se traduce "falta": "sorprendido en al­guna falta". "La diferencia entre 'delito' y 'pecado' (hamartia) es una de figura y no de fuerza" (Thayer).

          El pecado de Adán y Eva fue "delito" (Rom. 5:17), pero ¡he aquí el resultado!

          Dice Pablo que los efesios estaban muertos en sus delitos y pecados.

          2:2 -- "anduvisteis", compárense 1 Cor. 6:9-11 y Col. 3:7. No pecaron por ca­sualidad, ni nada más de vez en cuando, sino su pecado era la regla y la rutina de su vida. La palabra "andar" se usa muchas veces en las Escrituras para significar "vivir".

          -- "la corriente de este mundo"; "conforme al uso de este siglo" (VM). La palabra "corriente" (uso) traduce la pa­labra aion, que casi siempre se traduce "siglo": Mat. 12:32; 13:22, "afán de este siglo"; Rom. 12:2, "no os conforméis a este siglo"; Efes. 1:21 habla del señorío de Cristo "en este siglo". Pero aquí significa "modo de tratar. Se traduce 'corriente' en Ef 2:2 ... esto es, el ciclo o curso presente de las cosas" (Vine).

          El ver. 2 nos ayudará mucho a com­prender el significado verdadero de la palabra "mundo" o "siglo". Es el sistema actual de cosas conducido por los "que sólo piensan en lo terrenal" (Fil. 3:19). Es la moda del mundo. Es el camino mar­cado o delineado por los que viven en re­belión contra Dios, nunca pensando en el destino final. Los muertos son insensibles a la vida futura. Por lo tanto, "no os con­forméis a este siglo", ni a "la corriente de este siglo".

          -- "príncipe de la potestad del aire". Compárense Juan 12:31; 14:30; 17:11. Sa­tanás rige entre todas las agencias e in­fluencias de maldad. Su dominio está en "las tinieblas de este siglo", "las huestes espirituales de maldad en las regiones ce­lestes" (6:12). Pero el soldado de Cristo tiene una armadura bien adecuada para protegerse de todos los "dardos de fuego del maligno" (6:10-19). Esta armadura in­cluye una espada (6:17) para pelear efec­tivamente contra este enemigo hasta el día de la victoria completa.

          -- "hijos de desobediencia", com­párense 2 Cor. 4:4; Col. 3:6. La desobe­diencia es la característica principal de su vida. El es­píritu de Satanás obra en éstos mientras que el poder de Dios obra en nosotros.

          2:3 -- "También todos nosotros vivi­mos", los judíos también. "Los gentiles no tenían el monopolio de tales impulsos pecaminosos" (Robertson). Compárese Rom. 2:1 hasta 3:20. A los judíos esta ver­dad les fue muy ofensiva (Juan 8:33).

          -- "deseos de nuestra carne y de los pensamientos". Léase Gál. 5:19-21. Los deseos y las obras de la carne no sola­mente incluyen tales pecados como "adulterio ... idolatría, hechicerías ... homi­cidios, borracheras", etc., sino también in­cluyen "enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, en­vidias", etc.

          Somos tentados a través de los deseos malos (la concupiscencia): "cada uno es tentado cuando de su propia concupiscen­cia es atraído y seducido" (Sant. 1:14). "Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los de­seos carnales que batallan contra el alma" (1 Ped. 2:11).

          Es necesario crucificar al "viejo hom­bre" con sus deseos carnales (Rom. 6:6; Gál. 5:24). "Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne" (Gál. 5:16). "Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: ... malos deseos y avaricia" (Col. 3:5). "Vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne" (Rom. 13:14). "La gracia de Dios se ha manifestado para salvación ... enseñán­donos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente" (Tito 2:11,12).

          Si no aprendemos a obedecer estos tex­tos para lograr suprimir y controlar los de­seos mundanos, no podemos ir al cielo. ¿Estamos suprimiendo los deseos carnales o estamos estimulando los deseos car­nales? Si andamos todavía en mala com­pañía, estimulamos deseos carnales. Si alimentamos la mente con pensamientos carnales seremos carnales. Si alimentamos la mente con pensamientos sanos y espiri­tuales, seremos espirituales (Rom. 8:1-5).

          -- "éramos por naturaleza hijos de ira". Dice Pablo "éramos", pero no dice "somos". Varias sectas religiosas (y algunos hermanos) afirman que Pablo enseña en este texto que el hombre tiene una "naturaleza corrupta" a consecuencia del pecado de Adán. Hay varias doctrinas fal­sas que son variaciones de este error: se  habla de "pecado original", de "naturaleza caída", de "la depravación total", etc.

          ¿Por qué se enseñan tales errores? Para evitar decir la verdad que el hombre es totalmente responsable por sus peca­dos.

          Pablo dice, "éramos". Afirma que cuando "anduvimos" (vivimos) en los "delitos y pecados" "éramos por naturaleza hijos de ira". La palabra "naturaleza" sig­nifica "costumbre confirmada"; es decir, así era la práctica de su vida, porque seguían "la corriente de este siglo".

          No hay texto que enseñe -- ni aun re­motamente -- que el hombre nazca con "pecado original", ni que nazca con una "naturaleza corrupta o caída". No hay ningún texto que enseñe "la depravación total". Esta clase de teología inculpa a Adán -- y, por consiguiente, a Dios -- por nuestros pecados. Enseñan que el hombre peca porque tiene que pecar. Dicen que  todos los pecados de nuestra vida son ex­presiones naturales de nuestra naturaleza caída y corrupta.

          Pero dice Cristo que tenemos que con­vertirnos para ser como niños, "porque de los tales es el reino de Dios" (Luc. 18:16). Cuando "renunciamos a lo oculto y ver­gonzoso" (2 Cor. 4:2), y nos converti­mos, volvemos a la inocencia y pureza de niños (Mat. 18:3). El nacimiento físico no tiene que ver absolutamente nada con esta condición de ser "por naturaleza hijos de ira".

          Rom. 2:14,15 nos ayuda a entender la palabra, "naturaleza". "Pero cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por natu­raleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos ..." Si la expresión "por naturaleza" en Efes. 2:3 significa "por nacimiento", entonces en Rom. 2:f14 significa lo mismo. Pero sería absurdo decir que los gentiles, por nacimiento, hacían las cosas de la ley. En los dos textos la palabra tiene que ver con la práctica habitual y confirmada.

          -- "hijos de ira", expuestos a ira si per­sisten en su vida de perdición. Sin el evan­gelio este fin sería ineludible; no habría esperanza de escapar. La palabra "hijos" se emplea figurativamente en el Nuevo Testamento para indicar alguna carac­terística sobresaliente, o como en este caso para indicar "el destino que se corres­ponde con el carácter, sea malo, Mt. 23:15; Jn 17:12; 2 Ts 2:3, o bueno, Lc 20:36" (Vine).

          2:4 -- "Pero Dios". Según la descrip­ción de los hombres en 2:1-3, es obvio que los muertos en pecado son destinados a la ruina eterna. "Pero Dios" interviene para evitarlo. "Su gran amor" se demuestra en resucitarnos de los muertos por medio de su poderoso evangelio (Rom. 1:16).

          2:5 -- "muertos", compárense Col. 2:13; Rom. 5:8; 6:5. La repetición aquí es para enfatizar el contraste entre los dos esta­dos. Si Dios "nos dio vida", ¿qué haremos? ¿Qué podemos hacer si estamos "muertos"? ¿Cómo puede el hombre muerto accionar? ¿No tendrá Dios que operar milagrosamente sobre su corazón? Muchos falsos maestros dicen que el hombre perdido no puede hacer nada para cambiar su condición espiritual. Di­cen que el hombre muerto en sus pecados tiene una naturaleza caída y que no puede creer, que no puede amar a Dios y que ni puede nacer en él el deseo de salvarse. Predican, por lo tanto, que la salvación depende enteramente de Dios.

          En cuanto a la base de la salvación (la provisión hecha para nuestra salvación), es cierto que todo depende de Dios, pues el hombre no podía y no puede efectuar su propia salvación, porque no puede proveerse un salvador. El hombre no puede morir por sus propios pecados; no puede redimirse solo.

          Dios nos salva, pero nos salva por medio del evangelio que es el poder de Dios para salvación. El nos llama por medio del evangelio (2 Tesalon. 2:14), y este evangelio requiere la obediencia (2 Tesalon. 1:7-9). El evangelio promete la salvación a los obedientes; revela no so­lamente lo que Dios ha hecho, sino tam­bién revela lo que el hombre tiene que hacer para aceptar la salvación.

          Los "muertos" en Efeso "oyeron la pa­labra del Señor Jesús" (Hech. 19:10; Efes. 1:13), y esto trajo como consecuen­cia su conversión (su "resurrección de los muer­tos"). Cristo dice en Juan 5:25 que "Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oyeren vivirán". Los muertos pueden oír la voz de Cristo. En Efes. 5:14 Pablo les manda a los muertos que se le­vanten. Los muertos pueden hacer algo; pueden le­vantarse. En Hech. 2:40 Pedro mandó a los judíos muertos, "Sed salvos de esta perversa generación" (la Versión Mo­derna dice, "Salvaos"); Pedro dijo esto des­pués de mandarles a arrepentirse y a bautizarse para perdón de los pecados (v. 38).

          -- "juntamente con Cristo". Nuestra resurrección de los muertos (tanto la figu­rativa como la literal) fue anticipada en la resurrección de Cristo. Igualmente somos relacionados con Cristo en morir o estar crucificados con El (Rom. 6:5; Gál. 2:20); en vivir con El (Fil. 1:21; Gál. 2:20); en sufrir con El (2 Tim. 2:12; 1 Ped. 4:13); en reinar con El (2 Tim. 2:12); en ser co­herederos con El (Rom. 8:17); y en ser glorificados con El (Apoc. 3:21).

          -- "nos resucitó" espiritualmente "de los muertos", Col. 2:12, y ahora nos con­viene buscar "las cosas de arriba" (Col. 3:1).

          -- "nos hizo sentar ... con Cristo". Nos hizo copartícipes de su honor. Los que es­tamos en Cristo, en su iglesia, estamos en "lugares celestiales" ahora. "Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono" (Apoc. 3:21); es decir, aun des­pués de morir físicamente, seguiremos reinando con Cristo; pero es importante observar que estamos reinando con El ahora.

          Estamos participando con El en su obra y en su reinado ahora, porque esta­mos luchando por la verdad y en contra del mal (1 Juan 3:8). Si somos vencedores ahora, estamos reinando con Cristo ahora.

          -- "lugares celestiales", véase 1:3. La iglesia, las verdades que la gobiernan, sus servicios, se consideran asuntos de natu­raleza celestial. Las aspiraciones del cris­tiano son celestiales (Fil. 3:20; Col. 3:2).

          2:7 -- "para mostrar en los siglos venideros", en el tiempo futuro (1 Tim. 1:16).

          2:8 -- "por gracia sois salvos por medio de la fe". La fuente, la base, de la salvación es Dios, no los hombres. Dios provee la salvación, cosa que el hombre no puede hacer, porque no puede proveerse un sal­vador (no puede morir por sus propios pecados). Ninguna filosofía, ningún código de preceptos morales, ninguna ley hu­mana puede efec­tuar nuestra salvación.

          Aun la ley de Moisés, aunque era de Dios, no podía salvar al hombre, porque "la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados" (Heb. 10:4). "Porque la ley ... nunca puede ...  hacer perfectos a los que se acercan" (Heb. 10:1). Mucho menos puede la ley de Moisés salvar ahora, ya que fue abrogada (Col. 2:14; Heb. 7:12; 10:9). La gracia de Dios, revelada en el evangelio de Jesús, es la única esperanza del hombre.

          -- "por medio de la fe". Si la palabra "fe" se usa en sentido objetivo, se refiere al evangelio, como en Gál. 3:25; Judas 3, etc. Si se usa en sentido subjetivo, se refiere a nuestra fe en su forma comprensiva; es decir, la obediencia al evangelio.

          -- "esto no de vosotros, pues es don de Dios". "Esto", este asunto (la salvación por gracia) es don de Dios; no es algo origi­nado por el hombre.

          Algunos evangélicos han dicho que "esto" se refiere a la fe, que la fe no es de nosotros, sino que es don de Dios. Esta teoría coincide con el concepto erróneo de la "naturaleza corrupta" del hombre que no le permite creer hasta que Dios haya intervenido en alguna forma especial y aparte del evangelio.

          La palabra "esto" en inglés ("this") es ambigua, pero ni en inglés permite la gramática esta interpretación, menos en español.

          2:9 -- "no por obras, para que nadie se gloríe". Los hombres se glorían en las obras de su propia invención. No pode­mos gloriarnos en hacer las obras que Dios manda.

          La palabra "obras" en este texto, como también en Rom. 3:27; 4:2, 4, 5, 6, son las obras de los que quieren salvarse sin Cristo sino por sus propias "buenas obras". Los tales no ven la necesidad de obedecer al evangelio de Cristo ni de hacer las obras que Cristo requiere.

          Pero Pablo dice en Tito 3:4,5 que Dios "nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hechos, sino por su misericordia, por el lavamiento de la re­generación y por la renovación en el Es­píritu Santo". Es importante observar que Pablo emplea el tiempo pasado con res­pecto a nuestras obras; él habla de las "obras de justicia que nosotros hu­biéramos hecho" en el tiempo pasado, antes de obedecer al evangelio.

          Pablo dice la misma cosa en 2 Tim. 1:9, "quien nos salvó ... no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo".

          Todos los hombres -- por buenos y jus­tos que hayan sido -- han pecado (Rom. 3:23) y, por lo tanto, todos necesitan de un salvador. El caso de Cornelio (Hech. 10:1, 2, 22) es un buen ejemplo; era "piadoso y temeroso de Dios ... hacía muchas limosnas ... oraba a Dios siempre ... varón justo", pero tuvo que oír "palabras por las cuales serás salvo, y toda tu casa" (Hech. 11:24). Por lo tanto, Pedro "mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús" (Hech. 10:48).

          -- "para que nadie se gloríe". La jac­tancia "queda excluida" "por la ley de la fe" (el evangelio) (Rom. 3:27). Las obras de ley humana (preceptos religiosos, códigos morales, tradiciones, buenas obras según la cultura, etc.) permiten y aun pro­mueven la jactancia y el gloriarse en ellas. Al hacer estas obras los hombres crean su "propia justicia" (Rom. 10:3; Fil. 3:9). Pero la salvación no proviene de tales obras.

          Sin embargo, cuando Dios requiere algo -- cuando El manda ciertas obras -- es necesario hacerlas. Pero en éstas no te­nemos por qué gloriarnos. Por ejemplo, Pablo dice en 1 Cor. 9:16, "Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!" Pablo predicó el evangelio -- que es una muy buena obra -- pero no podía gloriarse, porque era mandamiento de Dios.

          Cuando hacemos los mandamientos de Dios, no podemos gloriarnos. Por lo tanto, cuando el hombre es bautizado, no puede gloriarse, porque está sencilla­mente obe­deciendo un mandamiento de Dios.

          Por lo tanto, es obvio que Pablo no habla en este texto (Efes. 2:9) de las obras que debemos hacer como cristianos. Dice Hech. 10:35, "que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia" (dice la Versión Hispano-americana, "obra justicia"). Pablo dice que lo que vale es "la fe que obra por el amor" (Gál. 5:6). También dice, "ocupaos en vuestra sal­vación" (Fil. 2:12, dice la Versión Mo­derna, "llevad a cabo la obra de vuestra misma salvación").

          Sant. 2:24 dice, "el hombre es justifi­cado por las obras, y no solamente por la fe". Dice el falso maestro que las obras del cristiano no tienen nada que ver con la justificación, sino solamente con la santifi­cación, pero dice Santiago, "justificado por las obras". ¿A quién creeremos? ¿A San­tiago o al falso maestro?

          2:10 -- "hechura suya", 2:15; 4:24; 2 Cor. 5:17. Otra vez se refiere al poder creador de Dios, el mismo poder que creó el universo (3:9).

          -- "de antemano", Rom. 9:23. El plan de Dios con respecto al plan de salvación es eterno (compárense 1:4,11 y 3:10,11); y las buenas obras son una parte integral de este plan eterno de Dios.

          -- "anduviésemos en ellas", en con­traste con 2:1-3, "anduvisteis en delitos y peca­dos". Que la práctica de "buenas obras" sea la regla de nuestra vida, de nuestro modo de vivir, como el pecado lo era cuando vivíamos en el mundo. De esta manera seremos "por la gracia" no hijos de la ira, sino hijos de Dios e hijos de la re­surrección (Luc. 20:36).

          2:11 -- "Por tanto, acordaos", para es­tar más agradecidos. Debemos recordar siempre el contraste entre nuestro estado anterior (lo que éramos) y nuestro pre­sente estado (lo que somos) y andar con más cuidado (5:15).

          -- "erais llamados incircuncisión" con desprecio y desdén por los judíos.

          -- "circuncisión", el signo físico de la relación especial con Dios que los judíos gozaban durante la dispensación mosaica. Pero aquí Pablo dice la "llamada circun­cisión", para exponer la falsa confianza que ellos todavía tenían en este rito ya abolido por Cristo en la cruz (Col. 2:14). En Fil. 3:2 los judaizantes son designados los "mutiladores del cuerpo" para deshon­rar y denunciar su práctica.

          -- "hecha con mano en la carne". Esto indica que es carnal y no espiritual (del corazón), y que en verdad no eran mejores que aquellos a quiénes llamaron "incircuncisión" (véase Rom. 2:28,29).

          2:12 -- Cinco condiciones tristes de los gentiles inconversos:

          A. "Sin Cristo". No tenían conexión o relación alguna con Cristo. No tenían conocimiento de El, ni interés alguno en El. Vivían en un estado de tinieblas y con­denación. No había ninguna expectación en su corazón de alguna expiación hecha por Cristo por sus pecados.

          B. "Alejados de la ciudadanía de Is­rael". Los judíos eran ciudadanos, los gen­tiles no. Los gentiles no eran copartícipes en la teocracia o constitución bajo la cual Dios se reveló a sí mismo y permitió relación íntima consigo. Los arreglos es­peciales para la adoración de Dios se hicieron directamente con los israelitas. Tenían ley especial, templo especial, or­denanzas, estatutos, etc. que constituyeron parte integral del pacto o convenio entre Dios e Israel. Pero los gentiles vivían des­provistos de esta ciudadanía.

          C. "Ajenos a los pactos de la promesa". La palabra "ajenos" o "extranjeros" (Versión Moderna) indica uno que no es miembro de algún estado o ciudad. El pensamiento es que desconocieron los pactos hechos con Abraham y sus descen­dientes con respecto a la promesa de Dios de bendecir a todas las naciones a través de ellos (Gén. 12:1-3).

          D. "Sin esperanza", por las condiciones ya mencionadas. Millones hoy en día están sin esperanza a pesar de haber sido pro­vistos del evangelio. Muchos tienen falsas esperanzas, confiando en su propia moralidad, o en alguna religión humana.

          E. "Sin Dios", atheoi, "ateos", con hos­tilidad contra Dios (véase Rom. 1:18:32). No había amistad con Dios, sino sola­mente enemistad. Estas cinco condiciones llegan al clímax en esta última. Los "atheoi" viven como si Dios no existiera; no le adoran en privado ni en público; y en toda su conducta no muestran ni amor ni temor de Dios.

          El comentarista Albert Barnes men­ciona en sus notas sobre esta carta que si fuera anunciado que "no hay Dios" (en manera convincente), esto no produciría ningún cambio en las emociones de tales hombres. Esto nos hace pensar, por ejem­plo, en la gran demostración de emoción cuando se anunció que el presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, fue asesinado. ¡Cuán grandes efectos tuvo este evento sobre la nación (y sobre otras naciones)!

          Pero muchos de estos mismos dolientes no sentirían emoción alguna por el anun­cio de que "no hay Dios". ¡Qué tragedia tan grande y eterna! El hombre pecador, perdido, arruinado, acercándose cada vez más hacia el sepulcro y su des­tino final, sin Dios, sin Cristo, sin perdón, y sin espe­ranza.

          2:13 -- "Pero ahora", en contraste con "en otro tiempo". Dice Isaías 57:18,19, "He visto sus caminos, pero le sanaré, y le pas­torearé, y le daré consuelo a él y a sus en­lutados; produciré fruto de labios: Paz, paz al que está lejos y al cercano, dijo Je­hová; y lo sanaré".

          Los gentiles estaban lejos (v. 12), y los judíos estaban cercanos (Sal. 148:14). Este pensamiento se originó con la idea de que todos los que vivieron lejos de Jerusalén, estando lejos del propiciatorio, estuvieron, por lo tanto, lejos de Dios. El propiciato­rio (la cubierta del arca de la alianza, Lev. 16:14; Heb. 9:15) era lo más cercano a Dios que uno podía llegar.

          "Pero ahora" nos acercamos a Dios "siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su san­gre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en paciencia, los pecados pasados" (Rom. 3:24,25).

          Jesús dijo en Juan 10:16, "también tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor". Esto concuerda perfectamente con lo que Pablo enseña en este capítulo, porque es el mismo tema.

          Por consiguiente, Pedro pudo decir en el día de Pentecostés, "Porque para vosotros (judíos) es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que estén lejos (gentiles); para cuantos el Señor vues­tro Dios llamare" (Hech. 2:39).

          -- "por la sangre de Cristo". Los judíos se acercaban al propiciatorio, el símbolo de la presencia divina, por medio de la sangre que se ofrecía en los sacrificios que apuntaban hacia Cristo, "el cordero de Dios que quita los pecados del mundo" (Juan 1:29), pero ahora Cristo ha ofrecido a sí mismo como la verdadera expiación por los pecados, tanto de los gentiles como de los judíos (1 Juan 2:1,2).

          2:14 -- "nuestra paz", el Autor y Causa de la paz. "Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo" (Rom. 5:1). (Aquí otra vez se pone la "causa" por el "efecto"; Cristo no es paz, sino la causa o él que hace posible la paz.)

          -- "que de ambos hizo uno". Com­párese Juan 10:16. Cristo estableció una sola igle­sia que está compuesta por ambos judíos y gentiles, los obedientes de toda nación, raza y lengua (Gál. 3:28,29). Ante­riormente judíos y gentiles tenían distintos objetos de adoración, y se odiaban los unos a los otros, pero ahora adoran al mismo Dios y tienen paz entre sí. Se rego­cijan en el mismo Salvador, gozan de la misma redención, disfrutan de la misma esperanza.

          El capítulo 4:1-6 registra las siete unidades cardinales. Estas unidades son el vínculo dorado que ha constituido a todos los obedientes en una sola familia. Los cristianos son los que se han reconciliado con Dios -- y por consiguiente -- los unos con los otros. La misma regla está en vigor hoy en día: reconciliados con Dios, hemos de estarlo unos con otros. Si hay dos indi­viduos enemistados, que el uno y el otro busquen la paz con Dios por medio de Cristo, y si logran alcanzar esta paz, pueden también llegar a lograr la paz en­tre ellos mismos. Cristo se llama "Príncipe de paz" (Isa. 9:6). Al evangelio se le nom­bra "evangelio de paz".

          Estúdiese Ezequiel 37:15-28 acerca de la promesa de la unidad que se realizaría en Cristo y su reinado. El ver. 24 dice, "Mi siervo David será rey sobre ellos, y todos ellos tendrán un solo pastor", texto pare­cido a Juan 10:16. "Mi siervo David" es, desde luego, el Hijo de David (Cristo).

          La unidad y la paz merecen que ha­gamos un gran esfuerzo por promoverlas. Cristo es Hacedor y Predicador de una paz multiforme. Se roba a sí mismo aquel individuo que no goza de la paz con Dios, la paz consigo mismo, la paz con el her­mano, y en cuanto sea posible de su parte, la paz con todos los hombres.

          La iglesia es un organismo en que todo cristiano es fundido con los demás cris­tianos, y este cuerpo unido viene siendo una santa habitación de Dios, la obra maestra de su sabiduría redentora, poder y gracia.

          -- "derribando la pared intermedia de separación", la ley de Moisés, con sus or­denanzas peculiares y ritos (como la cir­cuncisión) exclusivos. Esta pared excluía a los gentiles incircuncisos del culto ver­dadero. Una pared literal en el templo separó el atrio de los gentiles del resto del templo. Había inscripción que prohibía la entrada a los gentiles. Hech. 21:28 registra el gran alboroto levantado cuando Pablo fue falsamente acusado de haber metido a un gentil en el templo.

          Pero Cristo derribó esa pared. Dice Pablo en su carta a los colosenses (2:14-17), "anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era con­traria, quitándola de en medio y claván­dola en la cruz ... Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de re­poso, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo".

          De esta manera Cristo quitó aquello que ocasionó el distanciamiento entre judíos y gentiles. Hizo posible la tregua y la paz puede reinar. ¡Con razón Pablo se gloriaba en la cruz de Cristo! (Gál. 6:14).

          Por lo tanto, quitado el sistema mo­saico, el gentil tiene acceso al templo es­piritual, la iglesia de Cristo.

          2:15 -- "aboliendo en su carne las ene­mistades, la ley". Pablo se refiere a la ley de Moisés. Habla de "la ley de los man­damientos, expresados en ordenanzas". De esta misma ley él habla en 2 Cor. 3, y le llama "el ministerio de muerte grabado con letras en piedras" (v. 7), o simple­mente "la letra" que mata.

          La ley de Moisés se llama "el ministe­rio de muerte" porque solamente conde­naba el pecado y al pecador sin proveer un sal­vador. Había condenación pero no había salvación, porque "la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados" (Heb. 10:4), sino so­lamente cada año se hacía memoria de los pecados (v. 3); es decir, los sacrificios que había bajo la ley de Moisés apuntaban ha­cia Cristo, "el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo" (Juan 1:29). La carta a los he­breos explica perfectamente la necesidad del sacrificio de Cristo, y de una nueva ley.

          Pero en Efes. 2:14-17 Pablo habla de la abolición de la ley de Moisés para quitar las enemistades causadas por ella. Esa pared era necesaria durante el período de tiempo en que estaba en vigor la ley de Moisés. La nación de Israel fue escogido por Dios para ser su pueblo es­cogido y es­pecial, para que a través de esta nación pudiera venir el Mesías, el Salvador del mundo.

          Fue muy necesario que Israel se quedara muy apartado de las otras na­ciones. Por lo tanto, se les dio una tierra especial, una ley especial, y costumbres especiales y peculiares. En Ester 3:8 leemos, "Y dijo Amán al rey Asuero: Hay un pueblo esparcido y distribuido entre los pueblos en todas las provincias de tu reino, y sus leyes son diferentes de las de todo pueblo, y no guardan las leyes del rey".

          Muchas leyes fueron diseñadas para hacerles una nación distinta y separada de las demás naciones; por ejemplo, los is­raelitas no podían comer la misma comida que las demás naciones comían. También se les prohibió casarse con los cananeos. Tuvieron que guardar el día séptimo como día consagrado a Dios. Estas y muchas otras leyes les hicieron muy diferentes y distintos a los demás. Estas leyes for­maron una pared de separación entre los judíos y los gentiles.

          Los "sabatistas" hablan de una "ley moral" (los diez mandamientos) y una "ley ceremonial" (las ordenanzas con respecto a los sacrificios y otros servicios), divi­diendo en dos partes la ley antigua, y afirman que solamente la "ley ceremonial" fue abolida. Pablo no hace tal distinción, sino habla de "la ley" (singular), y dice que fue quitada (Col. 2:14; 2 Cor. 3:7,11,13; Rom. 7:1-3, etc.).

          Pedro se dio cuenta de que a los gen­tiles ya no era correcto llamarles inmun­dos. Cuando fue a la casa de Cornelio, el Señor le dijo en el éxtasis, "Lo que Dios limpió, no lo llames tú común" (Hech. 10:15). El dijo a Cornelio y a los demás, "Vosotros sabéis cuán abominable es para un varón judío juntarse o acercarse a un extranjero; pero a mí me ha mostrado Dios que a ningún hombre llame común o inmundo ... En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia" (Hech. 10:28,34,35).

          Cristo quitó, pues, esa ley que hizo se­paración entre los judíos y los gentiles. No lo hizo meramente por medio de sus en­señanzas, sino "en su carne"; es decir, en la cruz (Col. 2:14).

          El orgullo del judío recibió un fuerte golpe cuando la ley de Moisés fue quitada, porque se consideraba a sí mismo como el favorito del cielo, y poseído del conocimiento verdadero. Lo que no podía -- o, por lo menos, no quería -- reconocer el judío fue la naturaleza provisional de aquel sistema que le favoreció sobre los demás hombres. Tampoco quería recono­cer que dicho sistema sería y fue superado e invalidado por un mejor pacto que abolió las distinciones entre judíos y gen­tiles y los unificó en Cristo.

          2:16 -- "un solo cuerpo". Pablo emplea un buen número de metáforas: la iglesia es la familia de Dios, el templo de Dios, la esposa de Cristo, el reino de Cristo, y el cuerpo de Cristo. Formamos un cuerpo con intereses mutuos: el mismo Dios, el mismo Señor, el mismo Espíritu Santo, la misma fe, el mismo culto, la misma obra, la misma esperanza, etc. La iglesia es un organismo que funciona a través de sus miembros (4:16).

          2:17 -- "vino y anunció" tanto a los "que estabais lejos" (gentiles), como a los que "estaban cerca" (judíos). ¿Cómo? Jesús obró durante su ministerio personal entre los judíos ("las ovejas perdidas de la casa de Israel", Mat. 10:6; 15:24). ¿Cuándo predicó a los gentiles? Por medio de sus mensajeros, los apóstoles. (Compárese 1 Ped. 3:19, Cristo predicó por medio de Noé a los que, por su des­obediencia, son actualmente "espíritus en­carcelados"; también "el Espíritu de Cristo" estaba en los profetas, 1 Ped. 1:11).

          2:18 -- "entrada". Para entrar en la presencia de un soberano es necesario que alguien nos "presente" ante él. No es posible que algún individuo -- simple­mente por querer hacerlo -- entre en la presencia del rey o presidente o gober­nador; tal entrevista tiene que ser arre­glada por alguna persona de mucha influen­cia.

          Nosotros tenemos, gracias al Dios bon­dadoso, entrada por medio de Cristo al trono de Dios. Dios, el Padre, ha hecho posible nuestra entrada a su trono. "Así que, hermanos, teniendo libertad para en­trar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala con­ciencia, y lavados los cuerpos con agua pura" (Heb. 10:19-22; véase también Heb. 4:15,16). Dios, el Espíritu Santo, nos re­vela y explica todo detalle de esta gran bendición, esta entrada, y nos alienta con motivos fuertes para que la aprovechemos.

          (En cuanto a mi persona, no hay otra promesa que me aliente más que esta, de que por indignos que seamos, Dios nos in­vita a acercarnos con confianza delante de su trono por la mediación de Jesucristo.)

          2:19 -- "ya no sois extranjeros", que no disfrutan de los privilegios e inmunidades del ciudadano. Ahora son hijos (participantes) y no meramente especta­dores, o huéspedes, sino verdaderos miembros de la familia de Dios.

          No existe en la iglesia "miembros de se­gunda clase", "miembros inferiores", etc. debido a su raza, color, lengua o pobreza. Todo santo es un soberano bajo Dios por medio de Cristo Jesús (1 Ped. 2:9; Apoc. 1:6).

          -- "ni advenedizos", los que moran cerca de otros; los que no son miembros -- sino viven cerca -- de alguna familia, ciu­dad, o país. Por cerca que estuviesen los gentiles a Dios, no eran considerados por los judíos como hermanos a menos que se cir­cuncidaran para llegar a ser judíos. Pero ahora en la iglesia tanto los gentiles como los judíos obedientes son la misma ciudad de Dios (Heb. 12:22; Apoc. 21:2; Gál. 4:26).

          -- "conciudadanos", ahora mucho más que huéspedes. Se han "naturalizado" y gozan de plena ciudadanía divina (Fil. 3:20). Véase el prefijo "co" empleado en 3:6.

          2:20 -- "fundamento de los apóstoles y profetas", en el sentido de que la doctrina apostólica (Hech. 2:42) es la doctrina de Cristo (Juan 17:8,14). Lo que ellos ligaron y desataron en la tierra ya se había ligado y desatado en el cielo (Mat. 16:19; 18:18; Juan 20:22,23).

          Como embajadores de Cristo (2 Cor. 5:20), los apóstoles hablaron con la au­toridad de Dios, porque fueron guiados por el Espíritu Santo (Juan 14:26; 15:26,27; 16:7-15; Hech. 2:4).

          Jesús, hablando de la gran importan­cia de la enseñanza apostólica, dijo que ellos ocuparían doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel durante el tiempo de "la regeneración" (Mat. 19:28). Esto comenzó a cumplirse el día de Pente­costés (Hech. 2), porque ellos comen­zaron en ese día a predicar el evangelio, y somos regenerados por el evangelio. Los apóstoles ocupan tronos en el sentido de juzgar o gobernar a través de sus enseñan­zas inspiradas. La expresión "las doce tribus de Israel" significa la totalidad del pueblo de Dios, la iglesia universal. En Gál. 6:16 se llama el "Israel de Dios".

          -- "principal piedra del ángulo Jesu­cristo mismo". Cristo es la piedra princi­pal o piedra del ángulo, porque (1) por medio de esta piedra el Arquitecto ha fi­jado la regla para toda relación y conexión de las paredes; (2) la piedra del ángulo unifica con simetría a las paredes; y (3) la piedra del ángulo sostiene más peso que el resto del fundamento. La piedra del án­gulo tiene que ser una piedra muy espe­cial. Es una piedra selecta, escogida. Pero Cristo fue la piedra rechazada por los edi­ficadores (los judíos) (Mat. 21:42; Hech. 4:11,12; 1 Ped. 2:6).

          Este texto da énfasis a la verdad de que el glorioso templo de Dios descansa sobre la deidad y las enseñanzas de Cristo (entregadas por los apóstoles y profetas de Cristo), y no sobre la filosofía humana, ni sobre la fuerza política, ni sobre la tradición humana (Mat. 15:8,9).

          2:21,22 -- "coordinado ... edificados". Concepto noble es éste de la hermandad en Cristo Jesús. El evangelio cambia la disposición de cada persona que anhele la salvación para que sienta el deseo de for­mar parte de este glorioso templo -- la santa habitación de Dios -- si tal persona se sujeta en cuerpo y alma a la voluntad de Cristo, y cambia su actitud hacia Cristo, cambiará también, automáticamente, su actitud hacia el hermano. Si todos los seguidores de Cristo son en verdad cris­tianos -- si en verdad imitan a Cristo -- en­tonces habrá una relación buena y sana entre ellos. Pero si los miembros no están coordinados, habrá discordia en el cuerpo, y no será apropiado para ser un templo del Señor.

          Es interesante observar que la pa­labra "templo" que aparece en este ver­sículo no es la palabra "hieron" (el templo con sus atrios, pórticos, etc.), sino "naon" (el san­tuario).

 


 



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