Te voy a contar una historia.

Laura está enamorada de Jorge. Trabaja en su edificio, y desde que se cruzaron en el ascensor no puede dejar de observarle. Es muy guapo. Y alto. Y divertido. Le gustan sus ojos verdes cuando la miran por encima de la taza de café. El otro día estuvieron charlando un buen rato a la salida, como dos idiotas, de pie frente al portal de la oficina, y tuvo que despedirse porque, sinceramente: se estaba meando. Por la noche, se encontró con que la había agregado al Facebook y casi da palmas de la emoción. Después de pasar media hora navegando por sus fotos como una acosadora, llegó a la conclusión de que no tenía mujer ni novia; o eso, o era muy poco fotogénica.

Pero ahora Laura está confusa. Algunos días, Jorge la saluda en el ascensor con un “buenos días, pequeña” que hace que le palpite el corazón. Otras veces se limita a alzar una ceja y soltar un “hum”. Hay noches que chatean hasta las tantas, y otras en que ella ve que él está conectado y la ignora. Al final, acaba saludándole con un tímido “hola! :)” para encontrarse con un silencio seguido, puede que horas después, por un “tengo ke irme”.

Dejando de lado la ortografía de Jorge: ¿a quién no le ha pasado esto alguna vez? Y seguro que todos podemos imaginar lo que le va a pasar a Laura ahora. Se va a volver chalada. Empezará a calcular quién ha hablado primero en el Facebook cuántas veces. Intentará calibrar si lo que hace que Jorge le salude en el ascensor es el tiempo, la hora o el tamaño de su escote. Se preguntará qué quiere este tío de ella. Y no sabrá responderse.

Ojo, que podría pasar al revés. Puede que Mario esté loco por Susana, que se enrollaran hace un par de semanas y que ahora ella le coja el teléfono sólo una de cada tres veces, pero esa vez en concreto se muestre amable y dulcísima. Que él mire el teléfono con cara de frustración y sufra por las noches intentando entender qué pasa en el interior de su bonita cabeza. Lo importante es que tanto Mario como Laura andan desquiciados y no saben por qué.

Ahora vamos a hablar de condicionamiento operante. Suena chungo, lo sé, pero quédate conmigo.

Las ratas Wistar, una de las especies más utilizadas para los experimentos de laboratorio, son amor. Son blancas, pequeñitas y muy monas, y si no fuera por sus colas gruesas y largas, casi podrías olvidarte de que son ratas. De hecho, se parecen mucho más a Mario y a Laura de lo que pensamos. Es más; se parecen mucho más a ti de lo que piensas.

Si colocamos a una rata en una caja con una palanca y le damos una bolita de comida cada vez que la pulse, la rata comenzará a darle muy rápido. Poco a poco, el ritmo de pulsación irá decreciendo hasta pararse. Al final, la rata sólo le dará a la palanquita cuando tenga ganas de comer.

Si no le damos bolitas aunque pulse la palanca, quizá lo intente un par de veces, pero tarde o temprano se cansará y se dedicará a otra cosa.

Pero si queremos ser realmente chungos con esa rata, si queremos ser una Cruella De Vil de la experimentación animal, démosle una bolita cada cierto tiempo. Sin un patrón predecible. Quizá pulse la palanca cinco veces y reciba cinco bolitas; quizá una o ninguna. ¿Qué hará entonces la rata? Empezará a darle a la palanca de forma frenética. Sabrá (o creerá saber) que mientras más veces le dé a la palanca, más posibilidades tiene de obtener comida.

Eso se llama programa de reforzamiento intermitente, y es lo que Jorge y Susana, de forma consciente o inconsciente, están haciendo con Laura y con Mario.

Qué mal.

El problema del reforzamiento intermitente es que hace que vivamos siempre instalados en la posibilidad de una bolita. No observamos la realidad. Creemos firmemente que en algún punto el otro será capaz o decidirá darnos todas las bolitas que necesitamos y saciará nuestra hambre de afecto y cuidados.

Como me decía mi compañero José Luis: “tu problema es que ves lo que la gente podría ser, no lo que la gente es. Ves la parte bonita de las personas y te enamoras de eso. Pero tienes que enamorarte de sus acciones reales, de lo que hacen de verdad, no de cómo serían si no estuvieran emocionalmente destruidos o si siempre te dieran lo que necesitas. Porque eso no está sucediendo.”

Además, la ausencia es mucho peor. Preferimos algunas bolitas a ninguna bolita en absoluto; al menos, así no moriremos de hambre.

La primera pregunta que nos surge es: ¿por qué lo hace? ¿qué he hecho ya para merecer esto?

La respuesta es: no lo sé. No sé por qué lo hace. Probablemente no tiene mala intención. Quizá es la única forma que conoce de conseguir atención y afecto. Quizá teme que si te da todas las bolitas que quieres, te hartarás de pulsar la palanca o, casi peor, la pulsarás incansablemente hasta dejarle sin nada. Lo importante no es por qué lo hace, sino que lo hace; está sucediendo y tú tienes que protegerte.

La segunda pregunta, por tanto, es: ¿cómo me protejo?

Te propongo dos estrategias.

1. No darle en absoluto a la palanca. Es la estrategia ideal. Te sientas en una esquina de la caja y te pones en huelga. A la palanquita, real o figurada, le va a dar tu pa madre. Al principio será complicado. El momento clave llegará cuando te des cuenta de que, de hecho, hay un montón de cajas con otro montón de palancas para pulsar, y que muchas de ellas tendrán un programa de reforzamiento más agradecido que éste. ¿Sabes esa sensación que tienes ahora de que el maromo o la maroma en cuestión es TU MEDIA NARANJA y EL HOMBRE/LA MUJER DE TU VIDA? Es mentira. Es un engaño de tu cerebro para que hagas lo posible por reproducirte. Sobreponte a ese engaño y sé fuerte.

2. Darle a la palanca a muerte. Te puede parecer una estrategia loca, pero te animo a que la pruebes. Llámale SIEMPRE que te apetezca, intenta quedar con él/ella todas las veces que te entren ganas. Si te sale del corazón, hazle regalos, ve a esperarle a la salida del trabajo y mándale mensajes bonitos por el Facebook. No hace falta que te conviertas en un acosador/a; limítate a ser sincero.

Con un poco de suerte, sera él o ella quien haga todo el trabajo y deje de darte bolitas. Y no será un rechazo. Tú te estarás mostrando como eres y te darás cuenta de que la otra persona no quiere a alguien como tú. Será tan sencillo como probar juntas dos piezas de puzle y ver que no encajan. Busca otra pieza y prueba de nuevo. Agradece el gran favor que te está haciendo tu experimentador alejándose de ti y dejándote espacio para que puedas buscar a alguien que te conviene. No te está rechazando: te está agarrando por tu larga cola de rata Wistar y te está sacando de la caja para que seas libre.

Por último, quizá no te veas capaz de seguir ninguna de estas dos estrategias. No pasa nada. Te comprendemos y te queremos; todos hemos estado ahí. Pero es bueno que ahora sepas cuál es el mecanismo que hay detrás y qué soluciones podrás emplear cuando te sientas preparado. Como les digo a menudo a mis pacientes, saberlo en la cabeza es el primer paso para que el corazón se entere. Y, como también les digo a veces, el cambio sólo sucederá cuando el dolor de no cambiar sea mayor que el dolor de hacerlo.

¿Te has visto alguna vez atrapado en un programa de reforzamiento intermitente? ¿Qué hiciste para salir? Comparte tu sabiduría en los comentarios.

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